Si bien se reconocen mejoras en la calidad de vida; la concentración de la riqueza en el mundo es alarmante. Será un motivo de inestabilidad; y una posible solución es que se tienda a una igualdad de la tributación a nivel internacional (se pague lo mismo en cualquier lugar del mundo). «El nacimiento tiene más importancia que el esfuerzo y el talento».


dice Benjamin Cohen (Catedrático de Economía de la Universidad de Santa Bárbara) sobre el Economista francés Thomas Piketty, que publicó el libro: «El Capital en el Siglo XXI«: «Su análisis es correcto, con el tiempo la riqueza tiende a concentrase más en las rentas del capital, y por ello la política debe corregir este desequilibrio. Pero desde los años 80 los sistemas impositivos han distribuido cada vez menos y ha habido un aumento de la desigualdad. Cuanto más dejemos que el mercado se autorregule, más crecerá la desigualdad. Pero no creo que esto se pueda corregir con un impuesto sobre el patrimonio mundial, como propone Piketty, ya que lo veo muy improbable de llevar a cabo.»

Benjamin J. Cohen: «Si dejamos que el mercado se autorregule, la desigualdad aumentará»

El catedrático de Economía política internacional de la Universidad de California Santa Bárbara advierte que «el Fondo Monetario Internacional necesita reformarse, de lo contrario corre el riesgo de romperse en varias instituciones»

En un mundo cada vez más globalizado los lazos que tejen los países entre sí tienen más influencia en la economía que antes. Benjamin J. Cohen (Nueva York, 1937) ha dedicado su vida a una disciplina mixta como la Economía política internacional, y como catedrático de la materia en la Universidad de California en Santa Bárbara defiende que, si bien el auge de las economías emergentes ha contribuido a reducir más que nunca la pobreza, ello ha desembocado en una crisis de la representatividad de organismos como el Fondo Monetario Internacional (FMI), como demuestra la creación del Nuevo Banco de Desarrollo por los BRICS: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. Durante una entrevista en la Fundación Rafael del Pino en Madrid alerta del desequilibrio al alza entre las rentas del capital y las del trabajo, coincidiendo con el economista Thomas Piketty. «Desde los años 80 la desigualdad ha aumentado y los estados han distribuido menos la riqueza». Los lazos políticos y sociales se resienten.

–¿Hasta qué punto han sido responsables de la crisis organismos internacionales como el FMI?

–Los problemas de gobernanza del FMI han sido una de las razones de que la economía global tardase tanto en salir de la crisis. El FMI necesita reformarse, de lo contrario corre el riesgo de romperse en varias instituciones. En 2010 el propio organismo propuso una reforma para reducir los poderes de los países desarrollados y aumentar la proporcionalidad entre estados. Este cambio fue ratificado por todos los países salvo uno: Estados Unidos, que tiene derecho de veto. La creación del Nuevo Banco de Desarrollo y del fondo de reservas por los BRICS esta semana es un desafío al orden existente. Los emergentes que no acepten las condiciones del FMI podrán irse al otro organismo y esta duplicidad de funciones complicará aún más la gobernanza mundial, con una división entre los poderes tradicionales y los BRICS.

–¿Cree que estas nuevas instituciones ofrecen una alternativa real?

–Dependerá de los recursos con los que cuenten. Se quiere destinar 50.000 millones de dólares al banco y 100.000 millones al fondo, lo que no es mucho y no opone una alternativa seria al Banco Mundial y al FMI. Si no se amplían, estos organismos serán poco más que simbólicos. Pero su aparición coincide con la crisis de los organismos tradicionales. Por ejemplo, la Organización Mundial del Comercio no es capaz de proveer un marco internacional y la Ronda de Doha lleva trece años negociándose. Así, se está produciendo un aumento de los acuerdos bilaterales, como entre EE.UU. y la UE, y menos pactos internacionales.

–La crisis de la gobernanza afecta a la lucha contra la desigualdad

–Efectivamente, cuantas mayores barreras comerciales haya entre países, mayor será la desigualdad. La globalización está detrás del auge económico de China, India, del este de Asia, de Latinoamérica, Turquía, India… Nunca ha habido un periodo de reducción de la pobreza tan rápido como el que hemos visto en los últimos treinta años. Ha habido una propagación del bienestar en todo el mundo. Por otro lado, aún queda mucho por hacer para reducir la inequidad. Hay que tener en cuenta que gran parte de la desigualdad actual se produce porque ha habido un aumento de las rentas de capital frente a las del trabajo en los últimos años. Cada vez hay más multinacionales y grandes patrimonios. Las empresas sacan ventaja de que los países tengan diferentes impuestos, de forma que pueden sortearlos, moviendo su negocio de un lado a otro. Gran parte de la lucha contra la desigualdad tiene mucho que ver con estos desequilibrios. Para ello, hace falta más cooperación entre países.

–Supongo que coincide con el economista francés Thomas Piketty…

–Su análisis es correcto, con el tiempo la riqueza tiende a concentrase más en las rentas del capital, y por ello la política debe corregir este desequilibrio. Pero desde los años 80 los sistemas impositivos han distribuido cada vez menos y ha habido un aumento de la desigualdad. Cuanto más dejemos que el mercado se autorregule, más crecerá la desigualdad. Pero no creo que esto se pueda corregir con un impuesto sobre el patrimonio mundial, como propone Piketty, ya que lo veo muy improbable de llevar a cabo.

–¿La austeridad ha elevado la desigualdad en España? ¿Menos impuestos o más gasto público para combatirla?

–No conozco en profundidad la economía española pero soy muy pesimista sobre el futuro de Europa. La Eurozona ha adoptado una política anticrecimiento. No hay mecanismos para corregir los desequilibrios. Países como Alemania crecen y otros como España no, y no hay ningún mecanismo que compense estas diferencias, como sí ocurre en EE.UU. donde tenemos un presupuesto federal que se distribuye entre estados. Ello implica que si España está en crisis debe afrontar todo el ajuste, como está haciendo. No hay presiones sobre Alemania para hacer nada, sino sobre España. ¿Qué puede hacer? Aplicar austeridad y una devaluación interna. Y ello conlleva menos crecimiento.

JAVIER TAHIRI@JAVIERTAHIRI / MADRID

Día 20/07/2014

http://www.abc.es/economia/20140720/abci-benjamin-cohen-entrevista-201407182059.html

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La riqueza por encima del trabajo

PAUL KRUGMAN – 30 MAR 2014

No parece arriesgado afirmar que Capital in the Twenty-First Century [El capital en el siglo XXI], la obra magna del economista francés Thomas Piketty, será el libro de economía más importante del año (y tal vez de la década). Piketty, posiblemente el mayor experto mundial en desigualdad de rentas y patrimonio, hace algo más que documentar la creciente concentración de la riqueza en manos de una pequeña élite económica. También defiende de forma convincente el argumento de que estamos volviendo al “capitalismo patrimonial”, en el que las altas esferas de la economía están dominadas no solo por los ricos, sino también por los herederos de esa riqueza, de modo que el nacimiento tiene más importancia que el esfuerzo y el talento.

Por supuesto, Piketty reconoce que todavía no hemos llegado a eso. Hasta ahora, la opulencia del 1% superior de Estados Unidos se ha debido principalmente a los sueldos y las primas de los ejecutivos más que a las rentas procedentes de las inversiones y más aún que a la riqueza heredada. Pero seis de los diez estadounidenses más ricos son ya herederos, más que emprendedores hechos a sí mismos, y los hijos de la élite económica de hoy parten de una posición de inmenso privilegio. Como señala Piketty, “el riesgo de un giro hacia la oligarquía es real y da pocos motivos para el optimismo”.

Así es. Y si quieren sentirse aún menos optimistas, piensen en las actividades a las que se dedican muchos políticos de Estados Unidos. Puede que la incipiente oligarquía de EE UU todavía no esté completamente formada, pero uno de nuestros dos principales partidos políticos parece entregado a defender los intereses de la oligarquía.

A pesar de los desesperados intentos de algunos republicanos por fingir que no es así, la mayoría de la gente se da cuenta de que el Partido Republicano actual pone los intereses de los ricos por encima de los de las familias corrientes. Sin embargo, sospecho que hay menos gente que se dé cuenta de hasta qué punto el partido defiende las rentas de la riqueza por encima de las nóminas y los salarios. Y el predominio de los rendimientos del capital, que puede heredarse, sobre los salarios —el predominio de la riqueza sobre el trabajo— es el fundamento del capitalismo patrimonial.

El predominio de los rendimientos del capital es el fundamento del capitalismo patrimonial

Para ver de lo que hablo, empecemos por las políticas y propuestas políticas reales. Todo el mundo sabe que George W. Bush hizo todo lo que pudo por bajarles los impuestos a los muy ricos, que las rebajas destinadas a la clase media que aprobó básicamente eran una estrategia política para ganar más votos. Lo que es menos sabido es que las mayores rebajas fiscales beneficiaron no a los que cobraban sueldos muy altos, sino a los que no tenían oficio ni beneficio y a los herederos de las grandes fortunas. Es cierto que el segmento tributario superior sobre la renta se redujo del 39,6% al 35%. Pero el tipo impositivo más alto sobre los dividendos bajó del 39,6% (porque tributaban como rentas ordinarias) al 15%, y el impuesto sobre el patrimonio se suprimió por completo.

Algunos de estos recortes fiscales se revocaron durante el mandato del presidente Barack Obama, pero la cuestión es que la gran campaña de reducción de la presión fiscal de la época de Bush consistió principalmente en bajar los impuestos que gravaban los rendimientos del capital. Y cuando los republicanos reconquistaron una de las cámaras del Congreso, inmediatamente presentaron un plan —la “hoja de ruta” del representante Paul Ryan— que instaba a la eliminación de los impuestos sobre los intereses, los dividendos, las plusvalías y las propiedades inmobiliarias. Según ese plan, alguien que viviese únicamente de las rentas no tendría que pagar ningún impuesto federal.

Esta parcialidad de la política en favor de los ricos se ha visto reflejada en una parcialidad de la retórica; a menudo, los republicanos parecen tan concentrados en elogiar a los “creadores de empleo” que se olvidan de mencionar a los trabajadores estadounidenses. En 2012, el representante Eric Cantor, líder de la mayoría republicana de la Cámara de Representantes, estuvo en boca de todos por conmemorar el Día del Trabajo con una publicación en Twitter que ensalzaba a los empresarios. Y más recientemente, Cantor les recordó a los asistentes a una concentración del Partido Republicano que la mayoría de los estadounidenses trabajan para otros, lo que explicaba, al menos en parte, por qué tenían tan poco éxito los intentos de poner de relieve el supuesto menosprecio de Obama hacia los empresarios. (Otra explicación es que Obama no ha hecho tal cosa).

Los ingresos de las empresas cada vez están más concentrados en manos de unos pocos

De hecho, no es solo que la mayoría de los estadounidenses no posea una empresa, sino que los ingresos de las empresas y los rendimientos del capital están cada vez más concentrados en manos de unos pocos. En 1979, el 1% de las familias más ricas representaba el 17% de los ingresos empresariales; en 2007, el mismo grupo obtenía el 43% de los ingresos empresariales y el 75% de las plusvalías. Pero este pequeño grupo de élite recibe todo el cariño del Partido Republicano y la mayor parte de su atención política.

¿Por qué está pasando esto? Bueno, tengan en cuenta que los hermanos Koch se encuentran entre los 10 estadounidenses más ricos, al igual que los cuatro herederos de Wal-Mart. Las grandes fortunas sirven para comprar una gran influencia política, y no solo mediante contribuciones a las campañas. Muchos conservadores viven dentro de una burbuja intelectual de comités de expertos y medios de comunicación cautivos que, en última instancia, está financiada por unos cuantos megadonantes. No es de extrañar que quienes están dentro de la burbuja tiendan a dar por hecho, instintivamente, que lo que es bueno para los oligarcas es bueno para Estados Unidos.

Como ya he insinuado, las consecuencias pueden parecer cómicas a veces. Lo que sí hay que recordar, sin embargo, es que la gente de dentro de la burbuja tiene mucho poder, y lo emplea para defender a sus patrocinadores. Y la deriva hacia la oligarquía continúa.

Paul Krugman es profesor de Economía de Princeton y premio Nobel 2008

© 2014 New York Times Service

Traducción de News Clips

http://economia.elpais.com/economia/2014/03/28/actualidad/1396010121_900900.html

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El pánico a Piketty

Los conservadores parecen incapaces de elaborar un contraataque a las tesis del economista

PAUL KRUGMAN 4 MAY 2014

El nuevo libro del economista francés Thomas Piketty, El capital en el siglo XXI, es un prodigio de honestidad. Otros libros de economía han sido éxitos de ventas, pero, a diferencia de la mayoría de ellos, la contribución de Piketty contiene una erudición auténtica que puede hacer cambiar la retórica. Y los conservadores están aterrorizados. Por eso, James Pethokoukis, del Instituto Estadounidense de la Empresa, advierte en National Reviewde que el trabajo de Piketty debe ser rebatido, porque, de lo contrario, “se propagará entre la intelectualidad y remodelará el paisaje político-económico en el que se librarán todas las futuras batallas de las ideas políticas”.

Pues bueno, les deseo buena suerte. Por ahora, lo realmente sorprendente del debate es que la derecha parece incapaz de organizar ninguna clase de contraataque significativo a las tesis de Piketty. En vez de eso, la reacción ha consistido exclusivamente en descalificar; concretamente, en alegar que Piketty es un marxista, y, por tanto, alguien que considera que la desigualdad de ingresos y de riqueza es un asunto importante.

En breve volveré sobre la cuestión de la descalificación. Antes veamos por qué El capital está teniendo tanta repercusión.

Piketty no es ni mucho menos el primer economista en señalar que estamos sufriendo un pronunciado aumento de la desigualdad, y ni siquiera en recalcar el contraste entre el lento crecimiento de los ingresos de la mayoría de la población y el espectacular ascenso de las rentas de las clases altas. Es cierto que Piketty y sus compañeros han añadido una buena dosis de profundidad histórica a nuestros conocimientos, y demostrado que, efectivamente, vivimos una nueva edad dorada. Pero eso hace ya tiempo que lo sabíamos.

No, la auténtica novedad de El capital es la manera en que echa por tierra el más preciado de los mitos conservadores: el empeño en que vivimos en una meritocracia en la que las grandes fortunas se ganan y son merecidas.

Durante el último par de décadas, la respuesta conservadora a los intentos por hacer del espectacular aumento de las rentas de las clases altas una cuestión política ha comprendido dos líneas defensivas: en primer lugar, negar que a los ricos realmente les vaya tan bien y al resto tan mal como les va, y si esta negación falla, afirmar que el incremento de las rentas de las clases altas es la justa recompensa por los servicios prestados. No les llamen el 1% o los ricos; llámenles “creadores de empleo”.

Pero ¿cómo se puede defender esto si los ricos obtienen gran parte de sus rentas no de su trabajo, sino de los activos que poseen? ¿Y qué pasa si las grandes riquezas proceden cada vez más de la herencia, y no de la iniciativa empresarial?

Piketty muestra que estas preguntas no son improductivas. Las sociedades occidentales anteriores a la Primera Guerra Mundial efectivamente estaban dominadas por una oligarquía cuya riqueza era heredada, y su libro argumenta de forma convincente que estamos en plena vuelta hacia ese estado de cosas.

Por tanto, ¿qué tiene que hacer un conservador ante el temor a que este diagnóstico pueda ser utilizado para justificar una mayor presión fiscal sobre los ricos? Podría intentar rebatir a Piketty con argumentos reales; pero hasta ahora no he visto ningún indicio de ello. Antes bien, como decía, todo ha consistido en descalificar.

Supongo que esto no debería resultar sorprendente. He participado en debates sobre la desigualdad durante más de dos décadas y todavía no he visto que los “expertos” conservadores se las arreglen para cuestionar los números sin tropezar con los cordones de sus propios zapatos intelectuales. Porque se diría que, básicamente, los hechos no están de su parte. Al mismo tiempo, acusar de ser un extremista de izquierdas a cualquiera que ponga en duda cualquier aspecto del dogma del libre mercado ha sido un procedimiento habitual de la derecha ya desde que William F. Buckley y otros como él intentaran impedir que se enseñase la teoría económica keynesiana, no demostrando que fuera errónea, sino acusándola de “colectivista”.

Con todo, ha sido impresionante ver a los conservadores, uno tras otro, acusar a Piketty de marxista. Incluso Pethokoukis, que es más refinado que los demás, dice de El capital que es una obra de “marxismo blando”, lo cual solo tiene sentido si la simple mención de la desigualdad de riqueza te convierte en un marxista. (Y a lo mejor así es como lo ven ellos. Hace poco, el exsenador Rick Santorum calificó el término “clase media” de “jerga marxista”, porque, ya saben, en Estados Unidos no tenemos clases sociales).

Y la reseña de The Wall Street Journal, como era de esperar, da el gran salto y de alguna manera se las arregla para enlazar la demanda de Piketty de que se aplique una fiscalidad progresiva como medio de limitar la concentración de la riqueza —una solución tan estadounidense como el pastel de manzana, defendida en su momento no solo por los economistas de vanguardia, sino también por los políticos convencionales, hasta, e incluido, Teddy Roosevelt— con los males del estalinismo. ¿De verdad que esto es lo mejor que puede hacer TheJournal? La respuesta, aparentemente, es sí.

Ahora bien, el hecho de que sea evidente que los apologistas de los oligarcas estadounidenses carecen de argumentos coherentes no significa que estén desaparecidos políticamente. El dinero sigue teniendo voz; de hecho, gracias en parte al Tribunal Supremo presidido por John G. Roberts, su voz suena más fuerte que nunca. Aun así, las ideas también son importantes, ya que dan forma a la manera en que nos referimos a la sociedad y, en último término, a nuestros actos. Y el pánico a Piketty muestra que a la derecha se le han acabado las ideas.

Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de 2008.

Traducción de News Clips. 

© 2014 New York Times Service

http://economia.elpais.com/economia/2014/05/02/actualidad/1399033161_860036.html

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2014 05 05_Entrevista a Thomas Piketty

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¿Por qué Piketty es la nueva estrella de la economía mundial?

Su libro publicado en marzo ya es «best seller» y su impacto ha sido comparado con el que tuvo Adam Smith, Marx y Keynes

MIÉRCOLES 07 DE MAYO DEL 2014 | 10:04

El libro tiene unas 650 páginas, fue publicado en inglés el 10 de marzo, trepó al puesto número uno de la lista de best sellers de Amazon en Estados Unidos en abril y su impacto ha sido comparado con el que tuvo Adam Smith en el siglo XVIII, Karl Marx en el XIX y John Maynard Keynes en el XX.

Elogiado por los premios Nobel de Economía, Paul Krugman y Joseph Stiglitz, encomiado por el influyente editor del diario Financial Times,Martin Wolf, y analizado en profundidad por el semanario The Economist. «Capital in the 21st Century«, del economista francés Thomas Piketty, contiene un duro ataque al capitalismo y un rasgo que considera inherente a su funcionamiento: una creciente desigualdad que tarde o temprano será «intolerable».

El mensaje recuerda (al igual que el título de la obra) las predicciones de Karl Marx sobre el inevitable antagonismo entre una minoría cada vez más rica y una mayoría cada vez más relegada.

No en vano The Economist apodó a Piketty «el moderno Marx», pero entre las sorpresas de este supuesto heredero del autor de Das Kapital y el «Manifiesto Comunista» está el hecho de que fue recibido simultáneamente por la Casa Blanca y el Fondo Monetario Internacional para que explicara sus tesis.

En su reseña para The New York Review Paul Krugman buscó sintetizar el interés que despierta el libro.

«Presenta un nuevo modelo que integra el concepto de crecimiento económico con el de distribución de ingresos salariales y riqueza. Cambiará el modo en que pensamos sobre la sociedad y la economía», escribió Krugman.

R CONTRA G

Piketty no es el primero en hablar del crecimiento de la desigualdad. El tema ha sido tratado por diversos autores, desde Joseph Stiglitz hasta el coreano Ha-Joon Chang, y mencionado como uno de los grandes desafíos de nuestra época por dirigentes políticos mundiales, comenzando por el mismo Barack Obama.

La diferencia es que Piketty revoluciona el análisis histórico con una comparación que abarca desde comienzos de la revolución industrial en el siglo 18 hasta nuestros días.

Según Piketty el crecimiento de la desigualdad es inherente al capitalismo porque la tasa de retorno o rendimiento del capital (R: rate of capital return) es superior a la tasa de crecimiento económico (G: rate of economic growth), relación resumida en la versión en inglés del libro como «R > G» (R mayor que G).

Piketty analizó la evolución de 30 países durante 300 años como explicó a The New York Times.

«Si uno analiza el período desde 1700 hasta 2012 se ve que la producción anual creció a un promedio de un 1,6%. En cambio el rendimiento del capital ha sido del 4 al 5%«, indicó Piketty al diario.

La consecuencia de este proceso es que a la larga el mismo crecimiento económico se ve afectado. En otras palabras, Piketty ataca de frente la idea de que la distribución de la riqueza económica es secundaria a la creación de la misma.

LOS 25 AÑOS DORADOS

Esta tesis choca de frente con la premisa de la economía neoclásica (basada en Adam Smith y David Ricardo) que considera que la distribución de la riqueza es un tema secundario del crecimiento y que en «economías maduras» (desarrolladas) la desigualdad se reduce naturalmente.

Esta tesis se basaba en la llamada curva de Kuznets que postulaba que si bien las economías eran muy desiguales en la primera etapa de la industrialización, se volvían más igualitarias con el tiempo por virtud de un proceso de maduración intrínsico, resultado del crecimiento.

Kuznets desarrolló esta hipótesis en los años 50 y 60 al mismo tiempo en que el capitalismo gozó de sus «25 años dorados» (1947-1973) en los que el crecimiento rondó el 4,5% anual.

Según Piketty este período es una excepción debida a factores históricos aleatorios e institucionales.

«La gran crisis de 1914-1945 con la destrucción de capital por lainflación, las dos guerras mundiales y la Gran Depresión, sumado a cambios institucionales, como la creación del Estado de Bienestar, revirtieron un poco el proceso de creciente desigualdad que veíamos desde la revolución industrial», señaló a The New York Times.

En otras palabras, con laissez faire la tendencia natural es a la desigualdad. Por el contrario, la intervención de la historia, que afecta el rendimiento del capital y su inversión (guerras mundiales), y la del estado (redistribución) pueden torcer esta tendencia.

En su «Historia del siglo XX», el recientemente fallecido historiador Eric Hobsbawm aporta otro ángulo que lleva a la misma conclusión: “Una de las ironías del siglo XX fue que la Revolución de Octubre, que tenía como objeto la eliminación del capitalismo, terminó salvándolo al obligarlo a reformarse y planificar su economía con políticas redistributivas como el New Deal, escribía el historiador británico a principios de los 90.

Con la caída del Muro de Berlín, el capitalismo volvió a sus viejas raíces del laissez faire, hoy rebautizadas como neoliberalismo.

CRÍTICAS

El libro de Piketty ha sido criticado desde dos perspectivas.

Desde la derecha se ha reconocido la «extraordinaria maginitud de los datos acopiados y comparados», pero se ha disentido con la tesis principal y con la «pobreza» de los remedios propuestos.

El semanario The Economist sintetizó en su última edición las críticas.

«Muchos piensan que Piketty se equivoca al creer que el futuro será como el pasado, el siglo XXI como el XVIII y XIX. Otros agregan que, en realidad, es cada vez más difícil obtener una buena rentabilidad del capital invertido. Y además la mayoría de los super-ricos de hoy ha conseguido su riqueza gracias a su esfuerzo y no por herencia«, señala el semanario.

Desde una perspectiva de centro izquierda, también se ha criticado a Piketty porque su tesis se mantendría dentro de los límites de la economía «neoclásica».

El autor de «Post Keynesian Economics: Debt, Distribution and the Macro Economy«, el académico estadounidense Thomas I. Palley señala que esta limitación hace posible «cambiar algo para que no cambie nada», vieja técnica del gatopardismo.

«Piketty suministra una explicación de la creciente desigualdad en el marco neoclásico y centra el problema en la diferencia entre la rentabilidad del capital y el crecimiento. Este esquema neoclásico le hace enfocar el tema impositivo como el remedio sin prestar atención a las estructuras del poder económico», señala Palley.

¿HAY ALTERNATIVAS?

En una cosa todos coinciden: la desigualdad ha crecido en las últimas tres décadas.

Segun The Economist hoy el 1% de la población tiene un 43% de los activos del mundo: el 10% más rico maneja el 83%.

El mensaje de Piketty es que esta situación va a continuar a menos que se pongan en marcha una serie de medidas progresistas globales como un impuesto del 80% a la riqueza (no solo al ingreso).

Más allá si este remedio forma parte del esquema neoclásico como critica Palley, dado el poder de lobby de los grandes capitales y, en muchos casos, su directo manejo de la cosa pública (la política económica de Barack Obama ha estado en manos de exbanqueros deWall Street), resulta bastante improbable que se pueda llevar adelante.

El mismo Piketty no es particularmente optimista.

«Los niveles de desigualdad en Estados Unidos hoy son similares a los que había en Europa a comienzos del siglo XX. La historia nos enseña que este nivel de desigualdad no es positivo para el crecimiento económico o la democracia. La experiencia de Europa en el siglo XX no nos hace ser muy optimistas. Los sistemas democráticos no pudieron responder de manera pacífica y la situación solo se solucionó después de dos guerras mundiales y violentos conflictos sociales. Esperemos que esta vez sea diferente», señala Piketty.

http://elcomercio.pe/economia/mundo/que-piketty-nueva-estrella-economia-mundial-noticia-1727744?ref=nota_opinion&ft=mod_leatambien&e=titulo

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Financial Times pone en entredicho cifras de Thomas Piketty

Chris Giles siembra dudas sobre conclusiones del bestseller de la nueva «superestrella» de la economía mundial

Augusto Townsend Klinge – VIERNES 23 DE MAYO DEL 2014 | 15:17

“Capital en el siglo XXI”, el libro que se ha convertido en un bestseller mundial por afirmar que la desigualdad es el resultado natural del capitalismo y que ha convertido a su autor, el economista francésThomas Piketty, en una “superestrella” de la economía mundial, enfrenta ahora su más difícil escollo, pues el Financial Times ha revelado los resultados de una investigación que pone en entredicho la data que lo sustenta.

Piketty había recibido hasta el momento diversas críticas sobre todo por la propuesta de política pública con la que acaba el libro, vale decir, la implementación de un impuesto progresivo al capital de naturaleza global. Sin embargo, por lo general se había destacado el enorme esfuerzo de compilación de data que hace en el libro para sustentar su teoría sobre hacia dónde va la desigualdad en el mundo, y la pulcritud metodológica de tales cifras.

No obstante, la investigación del Financial Times, conducida por Chris Giles, muestra que el libro de Piketty está “plagado de errores”, especialmente en lo que respecta a la data referida al Reino Unido. Según Giles, Piketty afirma que el 10% más rico de la población británica tiene 71% de toda la riqueza del país, pero esto contradice la data de la Oficina Nacional de Estadística británica que ubica este segundo dato en solo 44%.

Esta discrepancia motivó a Giles a realizar un análisis más exhaustivo, lo que derivó en que se encontraran más errores. “Algunos números parecen haber sido construidos de la nada”, indica Giles en su blog. Habida cuenta de los errores identificados, dos de las conclusiones del análisis de Piketty pierden sustento, a decir de Giles: que la desigualdad empezó a subir en los últimos 30 años y que EE.UU. tiene una distribución de riqueza más desigual que Europa.

En este post del blog de Chris Giles se explican en detalle las objeciones metodológicas al libro de Piketty, que se refieren principalmente al capítulo 10 de la obra y tienen que ver con los hallazgos respecto de Francia, Suecia, Reino Unido y EE.UU.

En su respuesta a la investigación de Giles, Piketty señala que colgó toda su data en línea precisamente para que sea revisada por terceros y que sus series históricas sin duda son perfectibles, considerando que las fuentes no son todas igual de confiables y que algunas series han tenido que ser homologadas para hacerlas comparables entre sí.

No obstante, el economista francés descarta que esto tenga un impacto significativo en los resultados generales de su análisis. Finalmente, termina diciendo que estaría “feliz de cambiar mi conclusión” si el Financial Times produce estadística y ránkings de riqueza que muestren lo contrario.  

http://elcomercio.pe/economia/mundo/financial-times-pone-entredicho-cifras-thomas-piketty-noticia-1731532?ref=nota_economia&ft=mod_leatambien&e=titulo

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La respuesta de Piketty a las críticas del Financial Times

La nueva estrella mundial de la economía dice que su estimación puede ser incluso muy conservadora

LUNES 26 DE MAYO DEL 2014 | 18:19

La polémica generada por el best seller «El capital en el siglo XXI» del economista francés Thomas Piketty sobre el aumento de la desigualdad global sigue protagonizando los debates económicos en el mundo. 

A la dura crítica que pubicó el Financial Times la semana pasada ahora se sumó la respuesta del propio economista y la del semanario The Economist, que salió en defensa del francés.

Según Chris Giles, editor económico del Financial TimesPiketty comete errores en las proyecciones que hace para épocas en las que no había información, en el método que usa para distintos países y en un uso tendencioso de las estadísticas para probar su principal tesis, que la riqueza ha aumentado a mayor velocidad que el crecimiento económico en los últimos 300 años con un fuerte incremento de la desigualdad.

En una carta de respuesta al periódico británico, Piketty defendió sus conclusiones.

«Tenemos que trabajar con la información que hay que es muy heterogénea: datos sobre la herencia, la propiedad, escasa información sobre la propiedad y riqueza y las declaraciones impositivasA estos datos hay que hacerles además ajustes para homogeneizar las comparaciones entre distintos países. De hecho, es posible que mi estimación de la concentración de la riqueza sea conservadora y que la realidad sea peor de lo que he medido», señala Piketty.

IMPACTO Y POLÉMICA

El libro fue publicado en inglés el pasado 10 de marzo y trepó al número uno de las obras más leídas de Amazon en abril, hecho más que sorprendente si se tiene en cuenta que tiene más de 650 páginas, lleno de datos y estadísticas.

Su impacto fue comparado con el que tuvo Adam Smith en el siglo XVIII, Karl Mark en el XIX y John Maynard Keynes en el XX, pero fue el corolario de la tesis fundamental del libro el que más contribuyó a la polémica.

Si el análisis histórico de Piketty es correcto, el capitalismo tiene una falla sistémicaproduce una creciente desigualdad.

Este diagnóstico fue virulentamente criticado por importantes sectores de la prensa de derecha anglosajona, desde The Wall Street Journal del grupo Murdoch hasta el británico Daily Telegraph.

Pero es la crítica del Financial Times, enfocada en la base de datos de Piketty, la que puso en tela de juicio el valor mismo del libro.

En su defensa salió el viernes pasado The Economist, un medio de indudable filiación capitalista.

«La repercusión por la crítica del Financial Times contenía cierta apenas disimulada satisfacción de los detractores de Piketty, muchos de los cuales no han leído el libro. La mayoría de los datos recogidos por Piketty y otros economistas han sido usados para crear el ‘World Top Income Database’. Este trabajo no ha sido cuestionado. Hay un par de errores que parecen ser de transcripción o de ajustes hechos a datos que requieren una evaluación del investigador», señala el semanario británico.

En gran medida los ataques a «El capital en el siglo XXI» se deben a que, si las premisas del libro son correctas, las implicaciones a nivel de política económica son claras.

Según Jorge Gaggero, miembro fundador de Tax Justice en América Latina, hay una clara puja de intereses en torno a la polémica.

«Es lógico que un libro de casi 700 páginas de ese alcance, escrito por alguien de formación neoclásica, que rechaza las fórmulas matemáticas para recuperar una visión histórica de la economía, sucite esta crítica de los que están interesados en sacar el tema de la agenda global», indicó a BBC Mundo.

¿PIKETTY SUBESTIMA LA DESIGUALDAD?

Otra crítica que se le ha hecho al libro es que, en realidad, subestima la desigualdad al utilizar un cálculo muy conservador de la riqueza en paraísos o guaridas fiscales.

En su trabajo, Piketty se basa en los datos de otro investigador de la Paris School of Economics, Gabriel Zucman, quien calcula en unos US$8 billones la riqueza oculta en las guaridas fiscales.

El estudio de Zucman se basa en los datos disponibles de estudios macroeconómicos (balanza de pagos, por ejemplo) y solo incluye activos financieros, dejando afuera otro tipo de riqueza (yates, obras de arte, etc).

Según un informe de James Henry, profesor del Centro para la Inversión Internacional Sostenible de la Universidad de Columbia, sobre la riqueza oculta («The price of offshore revisited»), Piketty incurre en una subestimación que minimiza la desigualdad real planetaria.

«Hay unos US$21 billones ocultos en guaridas fiscales. La mitad de esta suma está en manos de las 91.000 personas más ricas del mundo, un 0,001% de la población mundial, que controla una tercera parte de toda la riqueza mundial. Pero más allá de este error sobre el monto y crecimiento de esta riqueza oculta, que el mismo Piketty ha admitido, los cuestionamientos que se le han hecho son triviales «, indicó Henry a BBC Mundo.

En su carta al Financial Times, el mismo Piketty reconoce la necesidad de una mejor contabilización de esa riqueza oculta.

«En realidad es muy posible que mis propias estimaciones no tomen plenamente en cuenta la riqueza offshore o en paraísos fiscales, algo que profundizaría la desigualdad», señala el economista.

En medio de la polémica una cosa es indudable: el trabajo de Piketty ha estimulado una nueva camada de investigaciones sobre el tema.

«En los últimos 10 años ha habido un creciente interés sobre la desigualdad, pero ninguno con un aporte tan abarcativo como el de Piketty. Esto está abriendo puertas a nuevas investigaciones que mejorarán los datos y la información», indicó a BBC Mundo Gaggero.

Sin embargo, de ahí a un cambio de política global hay un largo trecho.

http://elcomercio.pe/economia/mundo/respuesta-piketty-criticas-financial-times-noticia-1732050?ref=nota_economia&ft=mod_leatambien&e=titulo

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«El mundo de Thomas Piketty», por Augusto Townsend

Así funciona la desigualdad según la nueva ‘estrella de rock’ de la economía, el autor de «El Capital en el siglo XXI»

Augusto Townsend Klinge – DOMINGO 01 DE JUNIO DEL 2014 | 17:34

“De vez en cuando, el campo de la economía produce un libro importante; este es uno de ellos”, sentencia el economista libertarioTyler Cowen en la reseña que hace en “Foreign Affairs” de “El Capital en el siglo XXI”, la obra magna de su colega francés Thomas Piketty, de orientación ideológica más bien opuesta. Este libro, que insólitamente se ha convertido en un ‘bestseller’ mundial no obstante ser una publicación especializada, “cambiará tanto la forma como pensamos acerca de la sociedad como la forma como hacemos economía”, añade en “The New York Review of Books” el Nobel de Economía Paul Krugman, quien no le ha escatimado elogios al –hasta ahora desconocido para muchos– autor francés.

Aunque sus teorías luego no se sostengan, el que Piketty haya evidenciado empíricamente, por ejemplo, que la brecha de ingresos al interior del 10% más rico de EE.UU. (verbigracia, el despunte del 1% y, sobre todo, del 0,1%) es mayor que aquella entre este último grupo y el promedio de asalariados, “ha transformado el discurso político y es una contribución merecedora del premio Nobel”, apunta Lawrence Summers, ex secretario del Tesoro de EE.UU, en “The Atlantic”. “Su teoría es profundamente errónea, su data de riqueza privada es altamente engañosa, y su prescripción de política es excesiva […] podría hacer retroceder por años el entendimiento público sobre la desigualdad de recursos”, ha refutado, en cambio, Laurence Kotlikoff, de la Universidad de Boston.

Gillian Tett ha bautizado al francés como la nueva “estrella de rock” de la economía, y la portada más reciente de “Bloomberg Businessweek”, ilustrada como una revista noventera para adolescentes, habla de la “Pikettymania” y del desenfreno que ha generado en una disciplina típicamente sombría. “El inusitado interés por las ideas de Piketty –dice Moisés Naím en “El País”- se debe en gran medida a que la desigualdad se ha convertido en una gran preocupación en EE.UU. Y este país tiene una capacidad única para contagiar sus angustias al resto del mundo”. Cierto, pero, ¿qué es exactamente lo que ha entusiasmado –o irritado- tanto a los lectores de este libro, al punto que han elevado a su autor a la categoría de héroe –o villano-?

*El fatalismo que entusiasma*

La respuesta es su pronóstico lúgubre sobre las implicancias estructurales del capitalismo. Su ahora célebre fórmula “r > g” da a entender que cuando el rendimiento del capital (“r”) en una economía excede la tasa de crecimiento (“g”) de esta última –situación que se exacerbó en el siglo XIX y que, según dice, volverá a hacerlo en el siglo XXI–, “el capitalismo automáticamente genera desigualdades arbitrarias e insostenibles que socavan radicalmente los valores meritocráticos sobre los cuales se basan las sociedades democráticas”. Aunque las diferencias entre “r” y “g” sean pequeñas, en el tiempo se convierten en brechas enormes, asegura el francés. Esto último, agrega, no es el resultado de una falla de mercado, sino que dicha tendencia se hace incluso más pronunciada a medida que los mercados funcionan mejor.

Es indudable el atractivo que tiene una proposición como esta para los críticos del capitalismo (de ahí que “The Economist” se haya referido a Piketty como un “Marx moderno”). Muchos han deducido de lo anterior que el capitalismo está condenado a generar más y más desigualdad, pero esto no es exactamente lo que dice el francés. Según explica, la distribución de ingresos en una economía se ve afectada por fuerzas convergentes y divergentes que no siempre interactúan de la misma forma. A veces el impacto de las primeras es mayor y se tiende a la igualdad, como en la época inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial, en la cual hubo una destrucción masiva de capital y eso igualó a la baja a quienes perdieron sus fortunas. Otras veces parece no haber nada que contenga a las segundas, como cree Piketty que ocurre en la actualidad.

Para despercudirse de las reminiscencias a Marx (a quien él mismo señala no haber terminado de leer por indigerible) que son inevitables por el título de su obra, Piketty deslinda rápidamente del determinismo de aquel, pero rechaza a la vez el planteamiento del Nobel de Economía Simon Kuznets en el sentido de que la desigualdad aumenta cuando una economía empieza a desarrollarse, pero luego tiende a caer, con lo cual este indicador sigue una curva que se asemeja a la figura de una campana. De hecho, la data recabada por el francés desvirtúa tal presunción en casos como el de EE.UU. y Francia, donde la desigualdad muestra, hoy por hoy, una clara tendencia al alza. La manera de enfrentar este problema –después dirá– no es la abolición de la propiedad privada ni el ‘laissez faire’ absoluto, sino una intervención no menor del Estado en la economía para evitar que la dinámica “r > g” se salga de control.

LAS CIFRAS PUESTAS EN CUESTIÓN

Hace algunos días, el “Financial Times” reveló los resultados de una investigación realizada por su editor económico Chris Giles que presenta serias objeciones metodológicas a la data que Piketty usa en su libro. El francés parece haber salido bien librado del entuerto y se ha reafirmado en la validez de sus cifras, acusando de paso al diario británico de hacerle una crítica deshonesta. Incluso quienes están en las antípodas de Piketty, como Scott Winship del Brookings Institution, han descartado que este haya manipulado la data, como dio a entender el “Financial Times”.

Sin embargo, sí hay una crítica fundamental que se le hace al menos para el caso de EE.UU.: toda vez que Piketty usa declaraciones tributarias para sus mediciones de ingresos (dice que son más fiables que las encuestas, que suelen subestimar lo que reciben quienes más ganan), no se aprecia en el resultado final el efecto que tienen las transferencias del gobierno. Como consecuencia de ello, el francés ignora en su análisis el impacto no menor de la política social en la desigualdad.
 
Fuera de ello, la principal debilidad del libro es conceptual. Como anota Martin Wolf, comentarista económico principal del “Financial Times”, aquel asume que la desigualdad es un problema económico y no solo de justicia distributiva, pero no llega a demostrar lo primero (como sí lo ha hecho, hasta cierto punto, el Fondo Monetario Internacional, que ha tenido últimamente un cambio de posición radical sobre este tema). El francés llega a afirmar que la desigualdad estuvo detrás de la crisis del 2008 (argumento que han destacado otros como Robert Reich en su documental “Inequality for All”) porque deprimió la capacidad de gasto de los consumidores, pero no abunda en explicaciones (Krugman le critica, en ese sentido, que no le haya dedicado mayor análisis el impacto de la desregulación financiera en ello).

Si bien reconoce que la desigualdad no es mala en sí misma, Piketty se remonta a la Revolución Francesa para justificarse y cita laDeclaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789) en cuanto afirma que aquella solo es deseable si conduce al “bien común” (sin definir, por cierto, los contornos de este último concepto). No obstante ello, la percepción que uno tiene al leer el libro es que Piketty sí tiene un rechazo inocultable hacia la acumulación de capital. Aun cuando señala que la forma “moderna” de redistribuir riqueza es que el Estado invierta en bienes públicos como educación o infraestructura y en suplementar los ingresos de los pobres, en otra parte invoca a los legisladores a elevar las tasas impositivas a 70% u 80% si es que ellos consideran que determinados niveles de rentas son “socialmente indeseables” o “económicamente improductivos”, aun cuando la recaudación esperada no sea significativa. 

MIENTRAS TANTO, EN EL RESTO DEL MUNDO

Al enfocar su análisis en un grupo reducido de países, la mayoría de ellos desarrollados, Piketty parece obviar también que aunque la desigualdad ha aumentado al interior de ciertas economías, en otras emergentes –que no analiza– más bien se ha reducido (el Perú es un ejemplo de ello), mientras que la desigualdad entre países también ha disminuido notoriamente. Kenneth Rogoff, de la Universidad de Harvard, apuntó esto en un artículo publicado en Portafolio hace un par de semanas, basándose en el libro “The Great Escape” de Angus Deaton. Si hay algo que ha caracterizado la marcha de la economía global en los últimos 30 años, dice Rogoff, es que nunca se pudo sacar de la pobreza a tanta gente como en este lapso.

En esa línea, Martin Wolf señala que antes que la desigualdad de ingresos, lo que debería preocupar es la desigualdad de consumo, y lo que se está viendo consistentemente en los últimos tiempos es una convergencia impresionante entre los países pobres y los ricos, y una reducción sin parangón en las carencias, entre otras razones, por lo que ha significado para la economía global el surgimiento de China. Todavía hay muchísima gente por debajo de la línea de pobreza, y eso debería alarmar a todos, pero si nos preguntamos desde una perspectiva histórica qué ha sido más trascendental, ciertamente la caída de la pobreza en los países emergentes lo ha sido más que el incremento de la desigualdad en los desarrollados.

Nótese, por otro lado, que Piketty presupone que el capital rendirá en torno al 5% en las décadas venideras mientras, que el crecimiento económico no superará el 1% o 1,5%, entre otros, por factores demográficos. “No existe un ejemplo histórico de un país que esté en la frontera tecnológica mundial cuyo crecimiento en términos de PBI per cápita exceda el 1,5% en un plazo largo de tiempo”, afirma. Lo curioso es que, líneas antes, cuestionaba a Marx por ignorar la posibilidad de que haya progreso tecnológico durable y, en esa medida, un incremento sostenible de la productividad.

Digamos que para Piketty, ni la imitación (que ha probado ser una tremenda fuerza de convergencia) ni innovación jugarán un rol significativo en la economía del siglo XXI. Es dudoso que el progreso de la humanidad se detenga para que el capital se dedique únicamente a conseguir rentas fáciles. Como bien dice Tyler Cowen, si hay un concepto ausente en el libro es el de asunción de riesgo. De ahí que Piketty no distinga entre el capital estacionado en bonos del Tesoro americano que hoy tienen rendimientos negativos, y aquel que apuesta por start-ups tecnológicos que pueden generar rentabilidades mucho mayores al 5%.

Otro asunción cuestionable que hace Piketty es que la rentabilidad del capital no se verá afectada a medida que este vaya acumulándose cada vez más y más, cuando lo previsible es que este recurso, como cualquier otro, vea rendimientos decrecientes a medida que aumenta su oferta. La ironía de esto es que a mayor acumulación del capital, la ecuación “r > g” tendería a revertirse. Esto también ocurriría si aumentase el crecimiento potencial de la economía, pero como se ha visto, el francés no le dedica mayor atención a cómo lograr esto. De hecho, lo que sugiere para combatir la desigualdad es aumentar las tasas impositivas y crear un impuesto progresivo al capital a escala global (que él mismo califica de utópico e impracticable). Todo esto, como ha señalado Richard Epstein, de la Universidad de Chicago, será un lastre al crecimiento antes que un impulso, reforzando así las tendencias que le preocupan al economista francés.

LA IMPORTANCIA DEL FACTOR HUMANO

Muy pocos críticos de Piketty han sugerido que la desigualdad que identifica en su libro no es real. Lo que señalan es que esta responde en mayor medida a factores minimizados por el autor. Summers menciona entre ellos a la globalización, el surgimiento de China, la automatización de la manufactura, la impresión 3D, la inteligencia artificial, entre otros, que están modificando o irán a modificar estructuralmente el mercado laboral global. Es indicativo que el libro de Piketty deje fuera de su definición de capital al denominado “capital humano”. Si lo que ve el francés es una confrontación entre capitalistas y trabajadores, lo que ven otros economistas como más riesgoso para el incremento de la desigualdad es un enfrentamiento entre trabajadores calificados y trabajadores no calificados. Esa desigualdad de destrezas es quizá lo que más alimentará la brecha de ingresos.

Por otro lado, no es cierto que las grandes fortunas sean imperecederas; muchas de ellas son dilapidadas o desaparecen por la propia dinámica de los mercados. Basta ver la conformación en el tiempo de los ránkings de Forbes (que Piketty cita extensamente), para notar cómo van cambiando los nombres. Como resalta Kotlikoff, el 60% de los que aparecieron en la lista de los 400 más ricos del 2001, no estaban en la versión de 1989. Sucede que la riqueza no se multiplica sola, hay alguien detrás que asume un riesgo para crearla. Algunos asumen riesgos pequeños, otros apuestan por los inventos que traerán progreso a todos en el futuro.

Piketty muestra, de hecho, poco aprecio por la innovación empresarial. En una parte del libro dice que el culto a gente como Bill Gates es el resultado de “una necesidad aparentemente irreprimible de las sociedades democráticas modernas de encontrarle sentido a la desigualdad”. Como si a Gates le hubiesen regalado la que en algún momento fue la empresa más grande del mundo.

Pero hay algo más que revela el sesgo del francés. Como bien dice Cowen, “las mejores partes de su libro argumentan que, cuando no hay restricciones, el capital y los capitalistas inevitablemente acumulan demasiado poder; sin embargo, Piketty parece creer que los gobiernos y los políticos están de alguna manera exentos de esta misma dinámica”. De ahí que, en palabras de Cowen, no diga nada sobre las dificultades prácticas, las distorsiones y el potencial de abuso que acompañaría un control tan intenso de la economía por parte del Estado.

Pese a las críticas, este libro es sin lugar a dudas un aporte mayúsculo al estudio de la historia económica. Hablarán de él por años.

http://elcomercio.pe/economia/opinion/mundo-thomas-piketty-augusto-townsend-noticia-1733352

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Sobre la negación de la desigualdad

PAUL KRUGMAN 8 JUN 2014

Hace algún tiempo publiqué un artículo titulado Los ricos, la derecha y los hechos en el que describía los esfuerzos por negar, obedeciendo a motivos políticos, lo evidente: el fuerte aumento de la desigualdad en Estados Unidos, sobre todo en lo más alto de la escala de ingresos. Probablemente no les sorprenderá oír que he descubierto un montón de malas prácticas estadísticas en las altas esferas.

Tampoco les sorprenderá saber que casi nada ha cambiado. Los sospechosos de rigor no solo siguen negando la evidencia, sino que insisten en desplegar los mismos argumentos desprestigiados: la desigualdad no está aumentado realmente; bueno, vale, sí está aumentando, pero da igual porque tenemos mucha movilidad social; en cualquier caso, es buena, y cualquiera que insinúe que es un problema es un marxista.

Lo que quizá les sorprenda es en qué año publiqué el artículo: 1992.

Lo cual me lleva a la última escaramuza intelectual, provocada por un artículo de Chris Giles, redactor jefe de economía de The Financial Times, arremetiendo contra la credibilidad del libro éxito de ventas de Thomas Piketty, titulado El capital en el siglo XXI. Giles afirma que el trabajo de Piketty comete “una serie de errores que distorsionan sus descubrimientos”, y que, de hecho, no hay pruebas claras de que la concentración de la riqueza esté aumentando. Y como casi todos los que hemos seguido estas controversias durante años, me dije: “Ya estamos otra vez”.

Como era de esperar, Giles no ha salido bien parado del debate subsiguiente. Los supuestos errores eran en realidad la clase de ajustes de datos normal en cualquier investigación basada en diferentes fuentes. Y la afirmación crucial de que no hay ninguna tendencia clara a una mayor concentración de la riqueza descansaba en una falacia conocida, una comparación de peras con manzanas de la cual los expertos han advertido hace tiempo, y que yo identifiqué en el mencionado artículo de 1992.

Las rebajas de impuestos en el extremo superior de la renta han acelerado los desequilibrios

A riesgo de dar demasiada información, la cuestión es ésta. Tenemos dos fuentes de datos tanto sobre la renta como sobre la riqueza: los sondeos, en los que se pregunta a la gente sobre sus finanzas, y los datos fiscales. Los datos de los sondeos, si bien son útiles para seguir la pista de los pobres y de la clase media, subestiman manifiestamente las rentas más altas y la riqueza, hablando en líneas generales, porque es difícil entrevistar a suficientes multimillonarios. Por tanto, los estudios acerca del 1%, el 0,1% y demás se basan principalmente en los datos fiscales. Sin embargo, la crítica publicada en The Financial Times comparaba cálculos antiguos de concentración de la riqueza basados en datos fiscales con cálculos recientes basados en sondeos, lo cual ocasiona una distorsión inmediata que impide identificar una tendencia al alza.

En suma, este último intento de desacreditar la idea de que nos hemos convertido en una sociedad muchísimo más desigual ha quedado desprestigiado por sí solo. Y era de esperar. Hay tantos indicadores independientes que apuntan a un fuerte aumento de la desigualdad, desde los precios por las nubes de las propiedades inmobiliarias de más alto nivel hasta el apogeo de los mercados de bienes de lujo, que cualquier afirmación de que la desigualdad no está aumentando tiene que basarse casi por fuerza en un análisis erróneo de los datos.

Con todo, la negación de la desigualdad persiste, prácticamente por las mismas razones por las que persiste la negación del cambio climático: hay grupos poderosos muy interesados en negar los hechos, o cuando menos en crear una sombra de duda. De hecho, pueden estar seguros de que la afirmación de que “todos los números de Piketty están equivocados” se repetirá hasta el infinito aunque se derrumbe rápidamente al ser sometida a escrutinio.

Dicho sea de paso, no estoy acusando a Giles de ser un sicario de la plutocracia, a pesar de que haya algunos autoproclamados expertos que se ajusten a esa definición. Y no hay nadie cuyo trabajo esté más allá de toda crítica. Pero cuando se trata de asuntos con carga política, los detractores del consenso tienen que ser conscientes de sí mismos; tienen que preguntarse si de verdad buscan la honestidad intelectual o si lo que están haciendo en realidad es actuar como duendes de la preocupación, desacreditadores profesionales de los credos liberales. (Por extraño que parezca, en la derecha no hay duendes que desacrediten los credos conservadores. Es curioso cómo funciona la cosa).

Por tanto, esto es lo que necesitan saber. Sí, la concentración tanto de renta como de riqueza en manos de unas cuantas personas ha aumentado enormemente a lo largo de las últimas décadas. No, la gente receptora de esas rentas y propietaria de esa riqueza no es un grupo en continuo cambio: la gente se desplaza con bastante frecuencia de la base del 1% a la cima del siguiente percentil y viceversa, pero eso de pasar de mendigo a millonario y de millonario a mendigo rara vez ocurre (la desigualdad de los ingresos medios a lo largo de varios años no está muy por debajo de la desigualdad en un año determinado). No, los impuestos y las ayudas no cambian significativamente el panorama; de hecho, desde la década de 1970, las grandes rebajas de impuestos en el extremo superior han provocado que la desigualdad después de impuestos aumente más deprisa que la desigualdad antes de impuestos.

Esta imagen incomoda a algunos porque favorece las demandas populistas de impuestos más altos para los ricos. Pero las buenas ideas no necesitan ser vendidas con engaños. Si el argumento en contra del populismo descansa en afirmaciones falsas sobre la desigualdad, habría que considerar la posibilidad de que los populistas tengan razón.

Traducción de News Clips.

© 2014 New York Times News Service.

http://economia.elpais.com/economia/2014/06/06/actualidad/1402083173_207391.html?rel=rosEP

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2 comentarios en “Si bien se reconocen mejoras en la calidad de vida; la concentración de la riqueza en el mundo es alarmante. Será un motivo de inestabilidad; y una posible solución es que se tienda a una igualdad de la tributación a nivel internacional (se pague lo mismo en cualquier lugar del mundo). «El nacimiento tiene más importancia que el esfuerzo y el talento».

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